domingo, 24 de mayo de 2009


1) Un homenaje a ese cine fantástico que, desde Muñecos infernales hasta El increíble hombre menguante, habló de la naturaleza humana como un problema de perspectiva cósmica; 2) un homenaje a Bukowski, que en su relato 15 centímetros contaba una historia similar a la del corto de Almodóvar para confrontar, con su sarcasmo habitual, dos sexos a los que les cuesta comunicarse; 3) un intermezzo silente en una película que reivindica el poder del lenguaje como salvación última ante nuestra propia insignificancia. No es extraño que el autor de Tacones lejanos haya colocado esta pequeña historia, contada y reinventada por Benigno con la misma ingenua ilusión con que el Almodóvar niño contaba las películas a sus hermanas, en el epicentro de este melodrama tan huracanado como estático: por un lado oculta elegantemente una secuencia imposible y por otro otorga sentido metafórico a un doloroso acto de amor, que desencadenará la tragedia de este hombre nada ridículo, un Javier Cámara que parece haber comprendido hasta la médula la bondad y la grandeza de su personaje. Hable con ella comparte intensidad emocional con otra de las obras mayores de Almodóvar, La ley del deseo, no por azar la otra película de hombres en una filmografía, como la de Cukor, conquistada por las mujeres. En este caso, Rosario Flores y Leonor Watling están en coma, hermosos cadáveres femeninos que escuchan, mayestáticos, cómo el eterno masculino se diluye en las lágrimas de un hombre, consolidadas luego en un recital de gestos de amistad y solidaridad. Su estado comatoso no convierte a las mujeres en objetos, sino todo lo contrario: ellas se transforman en la idea abstracta del amor, a la que Benigno tomando como modelo a la Selma de Bailar en la oscuridad- se enfrenta desde la entrega y el sacrificio y a la que Marco (Darío Grandinetti) se enfrenta desde el silencio y el hermetismo. Después de Todo sobre mi madre, Almodóvar podría haberse acomodado en el territorio que se le supone propio el melodrama colorista y excéntrico, pero Hable con ella significa, sin lugar a dudas, un paso hacia adelante en una carrera que no teme a los abismos. La película es tan desigual como estimulante: si resumiéramos su argumento, podría parecer el delirio de un loco, y es mérito de Almodóvar que ese delirio, relleno de giros narrativos sorprendentes y diálogos improbables, crezca en progresión geométrica y llegue hasta el fondo de los ojos del espectador, que en la ejemplar y magnífica segunda parte de la película ha olvidado la natural extravagancia de lo que se le está contando. En ese momento de triste epifanía es cuando Hable con ella se revela como una hermosa crónica de soledades compartidas, el melodrama definitivo de un autor cuya obra, única y también solitaria, habla por sí misma.

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